
Kyrgyzstan es un pequeño país situado en el corazón de Asia Central.
Una ex republica soviética montañosa, de estepas inacabables y valles profundos. Uno de los lugares mas bellos y desconocidos que uno puede imaginar.
Gran parte de su población sigue dedicándose al pastoreo. Son seminómadas. Durante los meses de verano, entre mayo y septiembre, abandonan las ciudades y marchan a los pastos de altura, “jailoos”, con su ganado y sus yurtas.
En estos meses es posible visitar a los nómadas en sus yurtas y conocer su hospitalidad. “Los invitados vienen de Dios”, es una expresión Kirguiz.
Las costumbres de los nómadas sobrevivieron a un régimen que los obligo a permanecer sedentarios en pequeños poblados artificiales. Desde 1991 han podido regresar con sus ganados y yurtas a las estepas de altura, manteniendo de esta forma gran parte de sus tradiciones y viviendo en armonía con su entorno.
Sin embargo en la actualidad estos pueblos tratan de adaptarse a un mundo que cambia. Si bien el aislamiento llegó a su fin ahora deben encontrar nuevos caminos para subsistir.
China, Kazajstán y Uzbekistán, sus vecinos, miran con ojos codiciosos la inmensa reserva de agua dulce de Kyrgystán, moneda que el gobierno usa para sus propios intereses.
El turismo empieza a pedir nuevas infraestructuras para albergar las demandas de un flamante destino virgen. Sin plan de sostenibilidad la industria del turismo traerá más daños que beneficios.
Un libro a cambio pretende poner rostro a esos nómadas y ser testigo de la transformación de su mundo.
Es fácil enamorarse de esta tierra. Y eso nos pasó a nosotros. Visitamos sus casas y hablamos con los abuelos, reímos con los niños, y caminamos sus montañas.
Ahora, cada día, deseamos volver a las llanuras de Kyrgyzia.